lunes, 20 de diciembre de 2010

Sombras



La sombra del caballo negro se proyecta —más negro espeso aún— sobre la oscuridad del paisaje. No logro precisar hasta qué punto el hálito de soledad (la mía) me impide apreciar detalles del entorno. Por momentos (tomando siempre al corcel como referente) un escorzo violento de belfos y remos se rebate con rapidez contra paralelas fugando hacia un horizonte que deja de serlo apenas antes de encontrarse consigo mismo. Resta solamente la intuición de un escurridizo punto de fuga. Tanto que excede la agudeza de mi vista primero y la de mi fantasía después. Pero sin mediar intervalos perceptibles cambia mi ángulo visual y debo alzar la cabeza con forzada torsión del cuello para abarcar una arquitectura de furor y músculos que partiendo de los cascos traseros asciende en ijares, grupa, lomo, crines y el gesto de unos dientes escapando de la boca abierta en el relincho atroz. Apenas el apoyo de esas patas, el resto trepando casi épicamente a un cielo que mi imaginación completa en gris y nubarrones pero en verdad no es sino vacío esfumándose hacia el vacío.

Nada en el porte soberbio supone vacilación o desconcierto. El estupor es mío, suspendido de un espacio sin otras coordenadas que mis propias oquedades y la extrañeza de unas ropas que poco contribuyen a esclarecer mi condición. Pantalones ceñidos, un sacón basto, morral al cinto y una pértiga de fresno o abedul me ubican en un papel que no me reconozco pero tampoco podría declinar. Ni un recuerdo en mí permite separar un antes de un ahora, como si comenzara a vivir en este instante. Lo obvio lo es creo por la circunstancia. Dado el caballo, cuya magnitud lo hace a la par de imponente irrefutable, debo ser el encargado de su cuidado. Peón, caballerizo o palafrenero, él y esta vastedad son mi única abarcable realidad. Mis manos no son delicadas, antes bien curtidas —pareciera— en el ejercicio de las herramientas y las armas. Tampoco mis vestidos, que denotan la fábrica tosca y sin pretensiones de una vida rural. Cerrar los ojos debiera ayudarme en la fijación de datos que percibo inaceptablemente escasos cuando no contradictorios. Sin embargo poco acude a mí sino una bruma de marchas ancestrales y el resplandor de unas hogueras. Escaso material por cierto. Olores primitivos, mezcla de sudores y cuerpos pudriéndose a la espera de los sepultureros o los buitres. Creo haber escuchado que mis abuelos instalaban a sus muertos en medio del desierto, en la parte más alta de las torres del silencio, donde la intemperie y las aves carroñeras se encargaban de reducirlos a calcios y fosfatos. No quemábamos a los muertos. Nuestra gente jamás hubiera aceptado mancillar el fuego con la pestilencia de un cadáver. Mi recuerdo de aquellas torres —apenas me atrevo a llamarlo recuerdo— cala por cierto hasta mucho más atrás de la infancia. Alguna noche se alzaron flanqueando las esquinas de un tablero taraceado en cedro y ébano. Al cantar el muecín la segunda llamada, se ponían en movimiento los soldados primero, los caballos y los alfiles después. Con el correr de las horas el campo de batalla se poblaba de sangre y de silencio, dominado en absoluto por la solidez impetuosa de las torres. Más no consigo ahondar en mis recuerdos. Y ni siquiera puedo afirmar mi propiedad sobre estos trazos tenues de una memoria que repta pertinaz por entre otra memoria más antigua. Ignoro si la historia se limitaba a copiar las infelices estrategias que ambos reyes jugaban a representar entre el sacrificio de sus hombres y los ayes de sus muertos. O si fieles a un mandato que jamás pensaron desacatar —no se hubieran atrevido— obispos y mandatarios, escribientes y oficiales, plebeyos y chambelanes registraban sobre los escaques blancos y negros el rumoroso quehacer de la colmena. En mi piel puedo descifrar la secuencia de infinitos padecimientos y en mi alma la crónica de los inalcanzables sueños y las devastadoras esperanzas. Cuando llegue el momento también mi cuerpo será abandonado en lo alto de una torre para iniciar la última travesía hacia unos huesos despoblados y libre al fin hacia la nada. Previamente cumpliré un mandato escrito en mi corazón antes de nacer. Montar este caballo negro que relincha sobre sus piernas a la espera de emprender el vuelo. Sus alas duras baten sin emoción el rocío de la noche. Tiemblan las narices y los belfos. Yo también estoy temblando. Ignoro si quedan más soldados sobre el campo y no escucho ya la arenga de los alfiles. Ni puedo anticipar si las reinas sobreviven o si los reyes han de clausurar la batalla al tajo ferviente del puñal o con un brindis. Me aferro a las riendas y mis piernas ciñen su cuerpo brioso embistiendo el espacio más y más alto. Ignoro el rumbo y el destino de los otros tres jinetes. Los presiento infinitamente lejanos pero al mismo tiempo casi a mi lado. Única compañía —por otra parte— en el momento en que diviso a mi frente el perfil de la torre que custodia el flanco derecho del rey blanco.

Un leve apretón de talones y las espuelas rozando la piel estirada y sudorosa. Mi caballo negro retensa sus músculos y con las alas desplegadas en el supremo gesto del abrazo contempla empavorecido la mole hambrienta de la torre que se nos echa encima.


© GE / Ricardo Rojas, setiembre 2001 

2 comentarios:

  1. No es una burla a la propuesta de Fuentes.
    Sucede que no quise dejar picando un comentario que hice sobre otro de Ana, en lo de Guantánamo, etc.

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  2. Gregorio: maravillosa esta trama de ajedrez y épica medieval, mágica, mística. Siempre es un banquete sentarse a leer tus textos.

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