A primera vista, un canario blanco. Algo más corpulento
acaso. Y ajeno desde ya a la fauna ornitológica local, limitada a zorzales,
calandrias, benteveos y horneros; evetualmente un cardenal o un carpintero. Más
los infaltables gorriones y chingolos, de vez en cuando tordos y por excepción
un colibrí. Amén de dos o tres tipos de palomas. Se lo presentía vulnerable,
sobre todo por el color, llamativo tanto sobre el césped como sobre la tierra.
En casa no corría demasiado peligro, excepto los gatos del vecindario. Más nos
preocupaba verlo andar por la calle o sobre las veredas, en busca de alimento.
Donde al peligro de los vehículos se sumaba el de hondas y gomeras. Sin embargo
nos acompañó incólume al menos cuatro temporadas, entre 2003 y 2006. Tengo
presentes estas fechas, porque corresponden a un período especialmente feliz en
reconocimientos literarios. Al punto de llegar a asociarlo con mi suerte en el
tema. Desapareció tal como había llegado, de repente y sin dejar rastros. Ni
una pluma. Nada que permitiera imaginar su suerte. Lo sentí al principio como
angustia y al fin como una pena dulce que se fue evaporando con el tiempo. Hoy
es recuerdo amable, un compañero querible que evoco con cariño. ◊ © GE 2012
Que hermoso recuerdo, que te habra llevado a evocar al blanco Aloncito. Pero mas intrigante es saber que suerte corrio.
ResponderEliminarEs una gotita realista del oéano de los aconteceres cotidianos, que sólo un escritor puede convertir en literatura. Hermoso, Gregorio
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