viernes, 25 de marzo de 2016


Extrema unción


Al entreabrir los ojos y encontrar su mirada cálida encima de él, comprendió que se estaba muriendo. Llevaba encima y debajo de la piel cicatrices de su desamor. Arañazos del desprecio. Machucones de su desdén. Esas aureolas tumefactas que señalan el sitio donde la otra mano aprieta y ahoga. La quemadura de su sonrisa indiferente. El cráter que los ojos hirientes abren en las vísceras agobiadas. El rubor que ya no asoma y el sudor que se derrama piel adentro como un veneno. Pero murió feliz. Una sonrisa de plenitud cerrándole la boca. Sin llegar a darse cuenta de que la enfermera de la noche sostenía cerca de su cara desahuciada aquella foto de hacía quince años desde la cual ella —moribunda— sonreía.

GE / Ricardo Rojas, agosto 2010